jueves, 21 de septiembre de 2017

Hablando de teatro con... Luis Cansino

Luis Cansino se trata sin ninguna duda de uno de los grandes barítonos del actual plantel de cantantes españoles. De reconocido prestigio internacional, y gran defensor de la zarzuela, que tantos éxitos le ha brindado, con gran justicia.
La primera vez que hice zarzuela, Cansino era el barítono principal, nunca olvidaré aquella función de La pícara molinera, ni su imponente salida en el magnífico pasacalle que sirve de presentación al Pintu, su personaje en la obra. Después de aquella función vinieron muchas, y montones de títulos de nuestro repertorio. Creo que he visto a Luis practicamente en todos los papeles icónicos de nuestra zarzuela, y algunos de los mas duros roles de ópera y afirmo que Luis nunca falla, cantante de solídisima técnica, enorme expresividad, y mas que dotado para la interpretación, resulta un artista muy completo y que realmente merece el lugar en el que se encuentra, y que estoy seguro de que seguirá subiendo en su carrera. Carrera medida, controlada y llevada con gran inteligencia.
El pasado mes de julio, nuestro barítono tuvo a bien darme una entrevista aprovechando que se encontraba en Madrid por estar cantando en el Teatro Real el rol de Sharpless en la ópera de Puccini, Madama Butterfly.
Hablar con Luis Cansino siempre es interesante, tiene las ideas clarísimas, y habla sin pelos en la lengua de su oficio y de la situación del mismo, desde el punto de vista del profesional experimentado que es, y desde una personalidad reflexiva y analítica.
Espero que os guste esta charla, en la que sin duda se dicen verdades como puños, y muy definitoria sobre el lugar en el que se encuentran la lírica y las artes, en general, en nuestro país.





D.P. - ¿Como descubriste tus condiciones para el canto?
L.C. - Mi madre decía que yo siempre fui un niño muy precoz; que casi canté antes que hablé. Cuando salía un cantante en televisión me gustaba imitarle, y ahí ya se veía que yo tenía voz, aunque estuviésemos hablando de un niño. Con dos añitos sentado en el regazo de mi padre, cuando veía un cantante en televisión yo ya decía que quería ser así, mientras lo señalaba con el dedo (ríe). Esto no quiere decir que yo quisiera ser cantante de ópera, en aquella época aspiraba a ser como los cantantes del momento, Nino Bravo, Camilo Sesto, Al Bano, etc.
Un día, teniendo ocho añitos, estaba cantando en casa y un familiar de un vecino me escuchó y bajó a casa, tocó el timbre y le preguntó a mi madre que quien era ese niño que cantaba. Este señor trabajaba en una emisora de radio en Vigo, que se llamaba “La Voz de Vigo”, y me planteó si quería hacer una prueba, prueba que pasé, y ahí comenzó mi idilio con la radio, formando parte de un magazine dos días por semana, por las tardes en el que cantaba canciones que los oyentes me pedían. El programa, que se llamaba “Xuntanza de Amigos” me bautizó como el “Ruiseñor del Noroeste” y, allí, recomendaron a mi madre que me metiese a estudiar música, dadas mis buenas condiciones. Fue entonces cuando empecé en el Conservatorio, por entonces, Profesional de Vigo a estudiar solfeo, y ya en Madrid a los 14 años decidí presentarme a la pruebas de acceso de canto del Real Conservatorio Superior de Música, y me admitieron empezando a estudiar canto en ese momento. Una edad, todo hay que decirlo, demasiado temprana, y que no recomiendo, ya que la voz no está aún cambiada.

D.P.- Háblame de tus maestros y de alguno que te haya influido especialmente.
L.C.- Empecé a estudiar canto con la Maestra Sofía Patricia Perez-Santos;  ella fue mi profesora durante toda la carrera en el Conservatorio. En aquel momento la carrera eran ocho años y luego tenías la opción de hacer dos años más de Prácticas de Profesorado. Obtuve las máximas calificaciones a lo largo de toda la carrera y, cuando me sometí al examen de octavo curso, gané el Premio de Honor Fin de Carrera. En mi examen se conoce que le gusté nada menos que al grandísimo tenor Pedro Lavirgen, que era, además el titular de la Cátedra de Canto del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid y esa noche me llamó por teléfono y propuso ir a su casa al día siguiente para escucharme la obra obligada que debía cantar pocos días después en el Premio Extraordinario Lucrecia Arana, por aquel entonces, el premio de canto más importante a nivel académico, y al que optaban, cada año los alumnos que en el examen de 8º habían obtenido Premio de Honor o Mención Honorífica. El caso es que, así hice: fui a su casa al día siguiente, me escuchó, y me dio una serie de consejos. Días después, tuve la fortuna de ganar el Premio “Lucrecia Arana” por unanimidad del jurado. Fue entonces cuando Pedro Lavirgen se ofreció a darme clases de manera completamente altruista, sin cobrarme nada, algo que me gusta siempre que puedo recalcar y que demuestra la generosidad humana de quien ha sido uno de los más grandes cantantes líricos que ha dado nuestro país. Estuve perfeccionándome con él durante más de 3 años y tengo que decir que me marcó tanto lo que Pedro me enseñó, que no tuve necesidad nunca de buscar ningún otro profesor. Siempre me he sentido muy orgulloso cuando me han dicho que se notaba en mi voz su sello a la hora de cantar. Es cierto que, en determinadas ocasiones y etapas,  he tenido la oportunidad de trabajar con una de las mejores “coach” que tenemos en España, la Maestra Celsa Tamayo, o el grandísimo Joan Pons, con el que tuve la suerte de trabajar en una producción de “Tosca” para la Ópera de Oviedo y que tuvo a bien escucharme y ofrecerse a darme varias clases, trabajando algunas arias y roles, puliéndome errores y que también hizo de manera desinteresada, algo que le agradeceré por siempre. Pedro Lavirgen y Joan Pons… ¡He sido un afortunado!



D.P.- ¿Cómo fue tu debut?
L.C.- Mi debut fue el 27 de Agosto de 1987 con la Compañía Ases Líricos de Evelio Esteve, en el antiguo Centro Cultural de La Villa de Madrid, con el tristemente desaparecido Miguel De Grandy como mi padrino de debut, y sustituyendo a Luis Villarejo. Se trataba de una antología dedicada al Maestro Alonso, donde yo cantaba la "Canción del Gitano" de La Linda Tapada. Un momento inolvidable.

D.P- ¿Ópera o Zarzuela?
L.C.- Las dos cosas (rotundo). Pienso que los cantantes españoles tenemos una obligación moral que es cantar y defender la zarzuela, y eso lo tenemos que hacer a lo largo de toda nuestra carrera. Personalmente tengo que reconocer que aunque la zarzuela esté pasando por ese momento tan delicado, ha sido ese género el que ha permitido a muchos cantantes de este país empezar y poder desarrollarse escénicamente y cantar. Yo a la zarzuela le agradezco enormemente el haber podido debutar, el haber podido adquirir un oficio, y sobre todo algo muy importante, esa dificultad añadida que tiene de tener que hablar, cantar y actuar. Hacer zarzuela conlleva tener unas condiciones de actor importantes, y eso a mí me ha servido posteriormente de mucho a la hora de cantar Ópera y otros géneros, y, especialmente, a la hora de construir un personaje. Por tanto, yo sería incapaz de elegir entre un género u otro. Que actualmente yo esté cantando más ópera que zarzuela no quiere decir que la haga de menos, sino a cuestiones de agenda y a que, lamentablemente, en España ya no se hace tanta zarzuela como antes.

D.P.- Un barítono que admires.
L.C.- Diría Fischer Dieskau, Renato Bruson, o Aldo Protti, pero, sin duda, Joan Pons y Giuseppe Taddei son mis referentes por antonomasia, los admiro y he aprendido muchísimo oyéndoles cantar y en su manera de abordar muchos de los roles que canto. Hablando de cantantes icónicos sin duda me quedo con ambos.

D.P.-¿Como definirías la situación actual de la lírica en nuestro país?
L.C.- Es complicado, la lírica es uno de los sectores culturales más golpeados por la crisis, y por los políticos. Todos sabemos que hay una serie de elementos que han afectado a la cultura en general, como puede ser la salvaje e incomprensible subida del IVA, y elementos más recientes como puede ser la carencia de sensibilidad hacia la lírica, de nuevas corrientes políticas que se la catalogan, de forma errónea, como un género elitista y desfasado, sin pensar que un político cuando gobierna, lo debe hacer para todos y no para el sólo, y que denota un enorme desconocimiento de lo que la lírica ha sido en la historia como elemento de protesta social. ¿Dónde dejamos a Verdi, que sirvió de estandarte para el risorgimento italiano, o tantas y tantas zarzuelas que fueron en su día vivos ejemplos de contestación y protesta social? En fin, dejando esto de lado, que todos conocemos y que es lamentable, yo creo que la lírica vive un momento bueno en cuanto a que hay un gran plantel de voces jóvenes, con una proyección extraordinaria, pero que tienen un problema gravísimo que no tuvo mi generación y es que no tienen lugares en los que se puedan desarrollar como artistas. La crisis ha golpeado a una serie de compañías privadas de ópera y zarzuela donde la gente podía empezar, a teatros y temporadas que han visto reducida su oferta o, en muchos casos, echado el cierre. Y esa era la mayor escuela: el escenario; no solo se trata de tener una buena voz; tiene que haber espacios, y, de eso es de lo que adolecen los cantantes jóvenes.



D.P.- Papel favorito de Zarzuela.
L.C.- He cantado tanta zarzuela que a todos les tengo un cariño muy especial, pero destacaría a Juan de “los Gavilanes” Juan Pedro de “La rosa del azafrán”, Joaquín de "La del Manojo de Rosas"  Germán de “La del Soto del Parral”, Mario de “La leyenda del beso”, Santi de “El caserío”, o Juan de Eguía de “La tabernera del puerto”... Pero, en conjunto, por su nobleza y por lo redondo del rol, me quedo con el Vidal de “Luisa Fernanda”.

D.P.- Papel favorito de Ópera.
L.C.- ¿Sabes que ocurre? que cuando aprendo un nuevo rol, lo primero que hago es intentar enamorarme de él, para mi esto es muy importante, y, la carrera de una artista como es cíclica y gradual, pues uno se va enamorando dependiendo de la edad y del momento. Hoy en día te diría Rigoletto, tal vez, aunque hay dos papeles más que cuando los he debutado , me he enamorado de ellos abrumadoramente. Uno es Macbeth y el otro es Simon Boccanegra. Sin olvidarme de Iago o de Scarpia. Papeles, todos ellos, de una riqueza psicológica brutal y que te permiten un recorrido creativo muy grande e intenso. No es solo vocal, sino interpretativo y psicológico, un lugar en el que debes desnudar tu alma y la del personaje. Y ya, como cariño, no quiero olvidarme ni de Falstaff ni de Dulcamara, ni por supuesto de Nabucco.

D.P.-¿Cómo crees que se podría paliar la crisis por la que está pasando la zarzuela?
L.C.- Es triste cuando uno está pensando que en España, quitando el Teatro de la Zarzuela, y el Festival de Zarzuela de Oviedo, que se mantiene a duras penas y muy recortado, no existen prácticamente temporadas estables de Zarzuela. Otras temporadas que existían, aún intentan subsistir prácticamente sin ayudas ni subvenciones, como los festivales de Canarias, o funciones puntuales en otras ciudades. Si a esto añadimos que los recortes han llevado a la desaparición de las compañías de repertorio que teníamos, donde durante todo un año uno tenía trabajo continuado, como comprenderás, la situación es lamentable, cuasi desoladora…
Para arreglar la situación de nuestro género lírico, hay que hacer muchas cosas, primero, necesariamente buscar nuevos públicos, para hacer esto hay que abrir el género, ya no nos podemos ceñir al "sota, caballo, y rey" de toda la vida, por mucho que haya un público al que le guste, y que a mí me parece perfecto, y respetabilísimo, pero es necesario renovar el género para hacer ver, a los espectadores más jóvenes, que están disfrutando de un teatro moderno, de hoy en día y sobre todo vivo. También es necesario que los papeles se representen por cantantes que estén acorde con la edad del personaje, es decir, añadir credibilidad a los roles de nuestra zarzuela. Y hay otro asunto de vital importancia ; si la zarzuela se pudiera estudiar como parte de la cultura española en los colegios, como debería hacerse con el cine y el teatro, tal y como se hace con la pintura y otras expresiones artísticas, conseguiríamos, de esta manera, acercar nuestra música a los más jóvenes desde la infancia. Tampoco puede ser que nuestras autoridades, me es igual el color político, no den ningún tipo de importancia a la zarzuela. Leía hace poco que el nuevo responsable del Teatro Principal de Castellón, ha dicho que no apuesta por seguir programando zarzuela ni lírica en la ciudad. Mientras tengamos políticos que sigan haciendo estas cosas, que sigan programando a su gusto y no al de todos, y que piensen que la zarzuela es un espectáculo casposo y trasnochado... apaga y vámonos. El desconocimiento de estos políticos es tan grande, que posiblemente, el hecho de que la zarzuela era un elemento de protesta social, como decía antes, les sea completamente ajeno… Llevamos dos años prácticamente sin zarzuela en los Veranos de la Villa de Madrid; Madrid, que posiblemente la región de España con mayor cantidad de títulos ambientados en ella, obras protagonizadas por gente humilde, gente de la calle, obreros, modistillas, etc., es el género popular por antonomasia, y cuando uno se da cuenta de la forma en que se está actuando, a mí me entra una tristeza tan grande...



D.P.-¿Piensas que este prejuicio hacia la lírica como género elitista es lo que más daño le ha hecho al propio género?
L.C.- Claro que si. Te voy a poner un ejemplo, la temporada lírica de La Coruña ha tenido, como todos sabemos, un revés muy importante desde el punto de vista de las ayudas y de las subvenciones, después del lugar adonde había llegado, pues ha habido algún iluminado político de determinada administración, que piensa que la ópera es un género elitista, y llegó a insinuar que el que quisiera ver ópera que pagase los más de doscientos euros que cuesta ir a la ópera en Madrid (palabras textuales). Si todos hubiesen pensado como esa persona tan cretina, desde luego no seguiría habiendo ópera en La Coruña. Eso es lo que ha pasado con muchas de las temporadas que había en España. En Vigo, mi ciudad, los Amigos de la Ópera hacen auténticos encajes de bolillos para mantener una temporada que este año cumple su 59ª edición, y que sufre una discriminación enorme a la hora de las ayudas, siendo la ciudad más grande de Galicia. Recortes en Oviedo, en Bilbao, en Pamplona, en Málaga, en Canarias; los problemas tan tremendos padecidos por el querido Villamarta de Jerez. Temporadas que han dejado de existir como Murcia o Santander, … Ciudades como Zaragoza, cuya Asociación Miguel Fleta no puede poner en pie una temporada por falta de ayudas… ¿Tan difícil es entender que el arte no se puede medir en euros? ¿Tan difícil es entender que una producción de ópera, no puede pretender recuperar la inversión? El valor de la Lírica va más allá; el arte, la cultura y, por ende, la música es un bien inmaterial; invertir y fomentar todo ello contribuye a una sociedad más preparada, más justa, más civilizada y más humana por cuanto es más sensible. Quien no quiera entender esto, realmente es un pobre de espíritu. Pero claro, es mejor recalcar ese lado elitista que ha acompañado a la lírica toda la vida, y olvidarnos de los aficionados del gallinero, del gran público que llenan los teatros, auténticos aficionados, que con mucho sacrificio se gastan sus ahorrillos en un abono o una entrada en el último piso y disfrutan de una función de ópera o zarzuela o de un concierto. Esos son, para mí, los auténticos aficionados y nos demuestra que hablamos de un género de gran amplitud social. No hay más que ver que ahora en el Real, más de un millón de personas han visto “Madama Butterfly” en escenarios abiertos al público. Hay ganas de ópera, el público quiere verlo, lo que hay que hacer es generar los medios para que la gente tenga acceso a la ópera, desde el punto de vista político, y creando una ley de mecenazgo, para que los teatros no tengan que depender solo de las subvenciones, y que de esta manera aumentando la liquidez, se puedan bajar los precios de las entradas y sean más asequibles al público en general. También se debe llevar la música a las pequeñas poblaciones, para que todo el mundo pueda disfrutar de la música. Los cantantes también tenemos la obligación y la responsabilidad de cantar en plazas más modestas, y no solo para las "élites" que pueden pagar por vernos. 

D.P- Hace unas semanas celebraste tus treinta años de carrera. Háblame de cómo fue aquella noche.
LC.- Bueno, fue un momento inolvidable. El destino quiso que el mismo día 27 de agosto en el que se cumplían esos 30 años, yo tuviese que cantar en Lima, dentro de la temporada de la Ópera de Lima que organiza la Asociación Romanza. Creo que los hados se conjugaron para que, además, esa función fuera en Latinoamérica donde he desarrollado y sigo haciendo una parte importante de mi carrera. Al terminar la función y tras los saludos finales, el Presidente de Romanza, el Dr. Enrique Bernales, salió a dar unas palabras de agradecimiento a modo de clausura de la temporada y, cuál fue mi sorpresa cuando empezó a decir que esa noche especial coincidía con los 30 años de mi debut. Me quedé de piedra. Fue un momento muy emocionante en el que estuve a punto de echarme a llorar por las palabras tan emotivas que tuvo para mí y por la reacción tan cariñosa del público peruano. No pude dar las gracias a tantas y tantas personas a las que debo tanto a lo largo de estos 30 años, pero pude acordarme de mi madre, fallecida hace unos meses y que tanto luchó para que yo viese cumplido mi sueño y que seguro esa noche brincó desde el cielo de felicidad junto a mi padre. Y, si me lo permites, muy hermoso y significativo que el reconocimiento te lo hagan fuera de tus fronteras. A veces pasan estas cosas, que se acuerdan de ti más fuera que en casa…

D.P.-¿Que le recomendarías a un cantante que está empezando?

L.C.- Lo mismo que me recomendó a mi Pedro Lavirgen... humildad y paciencia. Esta profesión es maravillosa, pero a veces está envuelta en un boato que te hace perder el norte, hay que tener los pies en el suelo, nunca hay que perder la sencillez, la capacidad de trabajo, aprender de tus compañeros. Cuando uno lee que la profesora de canto de Montserrat Caballé la tuvo una año entero, aprendiendo a respirar y sin dar una sola nota, uno piensa que por algo esa señora llegó a donde llegó, más allá de sus indudables condiciones, no queda otra, hay que tener paciencia. Las carreras de hoy en día son meteóricas, hay prisa por debutar papeles y cantar en más sitios cuanto antes, y hay que pensar que esto es una carrera de fondo, sino queremos llegar a los cuarenta años y comprobar que ya no podemos seguir... Hay que saber dosificarse para poder tener una carrera longeva, para llegar precisamente a tu madurez vocal en tu madurez personal, y saber el papel que te corresponde en cada momento, y sobre todo, saber decir en un momento determinado “No”; No a un rol o a un teatro, y sí, sé que es muy difícil y que la tentación de aceptar puede ser muy poderosa, pero mejor un “No” a tiempo que estrellarse y arrepentirse el resto de tu Vida.



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martes, 19 de septiembre de 2017

Lucio Silla, Festival Mozart

Ayer día 18 di por comenzada mi temporada operística 17-18 en el Real. El título elegido por Matabosch para iniciar esta estapa se me hacía muy cuesta arriba, y he de reconocer que me daba un perezón tremendo. No soy muy mozartiano precisamente, y salvo Don Giovanni, El Rapto En El Serrallo, y algún que otro título mas, no suelo ir animoso al teatro cuando toca Mozart, y Lucio Silla además de completamente desconocida para mi, me daba aires de tostón digno de mejor causa.
Este título se me antojaba poco adecuado para abrir temporada, donde uno espera fuegos artificiales, títulos míticos, chimpunes varios, producción de campanillas, éxito rotundo y mas figurantes que en Aida, tanto en escena como en el patio de butacas, que tal y como plantea el Real los inicios de temporada ultimamente, abunda mas la "socialité" que la "musicalité". Pues no, Matabosch apuesta por un Mozart duro de roer, con producción conocida y de alquiler, y deja para mas adelante los operones clásicos, que quizás den menos prestigio que este Lucio Silla, pero que buenos cuartos se dejan en taquilla. Con mi sufrido acompañante llevándome de la oreja me acerqué al Real un tanto abrumado pensando en las 18 arias que componen la ópera, y en como aguantaría las casi cuatro horitas de festival Mozart que teníamos por delante. La realidad es que las cuatro horas se quedaron en tres y media, y que no es tan fiero el león como lo pintan. Lucio Silla se puede ver, y se puede disfrutar, máxime cuando el nivel musical de la función es tan elevado como lo es en esta producción.



Lucio Silla fue compuesta por el admirado Amadeus a la tierna edad de dieciséis años, siendo su composición operística numero 8. Fue estrenada en Milán en 1772 con gran éxito, y denominada como ópera seria, algo que sin duda es una declaración de principios reflejada tanto en su estructura como en su asunto, siguiendo las normas del Clasicismo casi al dedillo, digo casi, ya que el uso de la orquesta es muy avanzado funcionando por momentos como un personaje mas de la ópera, y que resulta muy definitorio a la hora de plasmar los diferentes estados de ánimo de sus personajes. Para hacerse una idea de lo que Lucio Silla es, baste decir que de 23 números musicales, 18 son arias, solo hay dos dúos y un terceto, en una ópera abundante en música y recitativo secco, que para el espectador de hoy en día resulta dura de ver y de escuchar. El argumento se reduce a una escueta trama en la que se critica el poder político impartido de forma tiránica, y en el que practicamente todos los personajes, sufren y sufren y vuelven a sufrir, de amor no de opresión aunque resulte paradójico, mientras mantienen diálogos internos para que los espectadores, que por momentos también sufren, especialmente en la primera parte del espectáculo, se enteren de lo poco que avanza la acción, a la vez que a medida que la opera se va entonando,  vaya alucinando cada vez mas ante la tremenda dificultad del material que el bueno de Amadeus compuso, con nula clemencia hacia los cantantes, y confiando demasiado en la capacidad de aguante del espectador.
Con Lucio Silla ocurre una cosa curiosa, es como ver un Wagner de cuatro horitas, en el que pasa de todo por tu cabeza, mientras te vas dejando llevar por la música, y que cada dos por tres un bofetón de belleza musical te saca de ese estado en el que uno parece estar flotando, a la deriva, en un mar de corcheas.



Vayamos con el elenco, superlativo a todos los niveles sin ninguna duda.

María José Moreno, soprano, como Celia:
Magnífica como de costumbre, Moreno merecedora de un papel de mas entidad, cumple sin problemas en todas sus intervenciones, resultando deliciosa por sus habituales virtudes, que son muchas y facilmente reconocibles. Su cristalino timbre, su sensibilidad cantando, la frescura de la voz y la facilidad en las notas mas extremas, fueron la tónica de una interpretación mas que correcta de un personaje para el que María José Moreno va mas que sobrada de facultades. Escucharla es una delicia de principio a fin.

Inga Kalna, soprano, como Lucio Cinna.
Mas que correcta a todos los niveles, tanto musical como actoralmente. Su interpretación se caracterizó por un considerable volumen, un bello timbre y una musicalidad muy notable. Se puede decir que el agudo suena un tanto gritado por momentos, pero no me molestó en absoluto y si analizamos el conjunto de su trabajo, se puede considerar satisfactorio.

Kurt Streit, tenor, como Lucio Silla.
Irregular, si bien es cierto que el papel se encuentra mas reflejado en la orquesta que en la parte vocal, Streit no acabó de encontrar su sitio vocal, en el que el lógico desgaste de la voz resiente la por otra parte maravillosa creación actoral. Streit parece perder la colocación de la voz por momentos, y resulta destemplado en algunos pasajes, pero bien es cierto que cuando la voz está en su sito, suena aun redonda y hermosa y es un reflejo de lo que fue en un pasado. Lo que si domina Streit a la perfección es el caracter de Silla, caprichoso, autoritario y temible, apoyado en un admirable trabajo corporal que dota al dictador romano de una presencia pavorosa y con aires de primerísimo actor.

Silvia Tro Santafé, mezzo-soprano, como Cecilio.
De lo mejorcito de la noche, de voz plena, rotunda y atronadora, sirvió momentos de gran impacto, donde la endiablada coloratura mozartiana brilla tal y como fue concebida, con unos aparentemente imposibles saltos que Tro Santafé da con aparente facilidad y espectacular resolución. Cuando Silvia Tro llega a las notas mas agudas, los armónicos llenan la sala del Teatro Real de forma impresionante y francamente disfrutable. Nos encontramos ante una cantante de primerísimo nivel, no hay duda. Nuestra cantante abordó el papel desde la bravura, y ofreció un canto bello y noble, y en total consonancia con la partitura, siendo el resultado un trabajo mas que estimable y de una calidad exquisita.

Patricia Petibon, soprano, como Giunia.
Maravillosa, y entregadísima, en un trabajo  en el que lo que primó fue la expresividad ante todo, y en el que la interpretación vocal estuvo perfectamente integrada en la actoral, donde las partes mas dolientes de nuestra sufridísima heroína suenan a lamento aullado y espeluznante, sacrificando quizás sonido pero enriqueciendo de forma rotunda la composición del personaje. Petibon posee una voz grande y bien proyectada que resulta idónea para el personaje de Giunia, eje central del drama, y casi protagonista de la ópera. Petibon en la coloratura resulta asombrosa dado el control de la misma, timbradísima en todo momento, y con una potencia realmente notable. Petibon nos hiela la sangre ante su capacidad dramática, nos impresiona por sus magnificas condiciones vocales, y resulta una de las estrellas de la función junto con Silvia Tro Santafé.

Coro Intermezzo correcto, y con poco lucimiento, para ser sinceros. Cumplen como viene siendo habitual en ellos, especialmente en el último número de la ópera, donde su situación en los palcos primeros hace que los disfrutemos en todo su esplendor vocal. Los encontré muy desaprovechados escenicamente y menos disfrutones que en otras ocasiones, pero cumplen sin problemas en una ópera que no se destaca por sus coros especialmente.



Ivor Bolton dirige la Orquesta Titular del Teatro Real de menos a mas, con una obertura un tanto deslavazada y con algunos problemas de cohesión entre los músicos, pero a medida que fue avanzando la función se fue entonando, consiguiendo apoyar perfectamente a los cantantes, en un ópera en la que la importancia de la interpretación vocal es muy notoria. Consigue Bolton momentos de gran efecto, especialmente en aquellos en los que interviene Lucio Silla, cuya psicología tan bien está plasmada en la orquesta, algo realmente inusual en la producción operística de la época. Lleva la función ligerita y la hace amena dentro de la densidad de la partitura, y su lectura me pareció cuidada, matizada y muy estudiada. Sin duda Bolton, entregadísimo al espectáculo y mimando a sus cantantes hasta la extenuación ha hecho los deberes, y es justo reconocerlo.




Claus Guth ejerce la labores de regista, y lo hace en dos planos diferentes y con diferente fortuna. Por un lado está la inspiradísima labor actoral, en la que realmente exprime al máximo el escuálido material literario con el que se encuentra, consiguiendo que la obra tenga coherencia, y que se entienda su argumento sin problema huyendo de la típica exposición de arias inconexas y psicologicamente planas. Guth va al fondo de cada personaje, los define, y luego plantea cada aria como un juego teatral diferente con mayor o menor fortuna, pero con impoluta coherencia dramática. A nivel visual es harina de otro costal, producción de estética feísta, desangelada a ratos, y con menos fortuna de la deseada y a años luz de las interpretaciones. Se intentan plasmar las cloacas del estado en un espacio indefinido con siniestro aire de anatómico forense, y de guarida del Dr. No venida a menos, cargada de hormigón y fría como un témpano de hielo. No aporta mucho mas allá de la sensación de sordidez que todo lo envuelve, que si bien es cierto que va en consonancia con la dureza de la obra, en algunos momentos sacrifica la belleza de la música a favor de la truculencia (gratuita) escénica. El espectáculo resulta excesivamente largo, especialmente en la primera parte, a la que yo, llamadme sacrílego, le hubiese metido tijera, ya que se le da vueltas y vueltas a lo mismo de forma inclemente. Para que os hagáis una idea, el momento culminante de la función que es el ataque a Lucio Silla y del que se lleva hablando desde la apertura de telón, ocurre dos horas y media después de que haya empezado la función, faltando todavía una hora mas para el final de la obra. Supongo que el problema intrínseco de la ópera consiste en su estructura, alejadísima del espectador actual que no puede evitar que se le vaya el santo al cielo por momentos, algo que con una propuesta escénica quizás mas efectista o con mas interés en lo estético podría solventarse en cierta manera. Lo de las estructuras giratorias ya empieza a oler a añejo, y a mi personalmente me carga un poco, pero aquí ya juegan los gustos personales, mas allá de la crítica objetiva en si.
En resumen, nos encontramos ante una obra dura, densa, exasperante a ratos, bellísima en su mayoría, y que sin duda no es apta para todo tipo de espectador. ¿Disfruté? si, por supuesto, pero a ratitos, ja ja ja. Lucio Silla no es una ópera al uso, sino mas bien una especie de ejercicio de arqueología teatral pasada por el tamiz de lo contemporáneo en su norma estética y dramática, pero que nos queda muy alejada en el tiempo y en su forma musical.






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lunes, 11 de septiembre de 2017

Oleanna. Y Caperucita Se Comió Al Lobo Feroz

El poder, el tan anhelado poder, a veces detentado a veces merecido, y casi siempre deseado, aunque pueda parecernos ajeno, es uno de los motores de nuestro entorno. Nos movemos en una sociedad piramidal, en la que el que está arriba manda sobre el que está abajo, esto es aplicable a todos los estratos sociales y a todos los ámbitos de nuestra vida. Desde nuestro entorno cotidiano, hasta la alta política, alguien manda, y el que manda normalmente se lo ha ganado de alguna manera, lícita o ilícita, siendo cierto que el poder es algo con lo que no se nace, y que engancha al que lo tiene, y que normalmente cambia al que lo posee.
Este pequeño discurso cargado de obviedades sobre el ordeno y mando, viene muy al pelo al tenor de lo que plantea Oleanna, el controvertido texto de David Mamet con el que doy por inaugurada la temporada 17-18, y que se está llevando, con gran fortuna artística, en el Bellas Artes.
El poder se encuentra muy presente en Oleanna, pero no solo el poder, sino la forma de conseguirlo, y como transmuta a los individuos que lo poseen, llegando a convertirlos en seres despiadados y prepotentes, aunque no se den cuenta de ello, y piensen que estén impartiendo justicia, cuando lo que hacen es imponer la mas injusta de todas las justicias, aquella que carece de clemencia.




Oleanna, estrenada en 1992, y en cuyo estreno hubo literalmente mas que palabras ya que las bofetadas camparon a sus anchas al finalizar el espectáculo, plantea una verdad incómoda. El uso del acoso sexual como arma, y el abuso de poder en las situaciones en las que un individuo se encuentra por encima en la jerarquía establecida. Mamet, se sirve de dos personajes moralmente reprobables, para plantearnos un dilema que practicamente se ve expuesto de forma aséptica, para que sea el espectador el que saque sus propias conclusiones. Conclusiones, por cierto, tan numerosas como espectadores vean la función, ya que las opiniones que se pueden extraer del texto dependen de muchos factores, tanto ideológicos como de género.
No quiero destripar mucho el argumento, solo diré que hay comportamientos y realidades en nuestra sociedad, que se deben plantear, por mucho que escuezan, y lo que Oleanna cuenta, escuece y mucho, pero se da y muy a menudo, siendo la valentía de nuestro autor contándolo francamente notable.



David Mamet propone un inteligentísimo texto en el que el uso del lenguaje es prodigioso, con un léxico elevado y muy definitorio de ambos personajes que especialmente en el caso de John llega al paroxismo en su primera escena, escena que bien es cierto que es redundante, y que no tengo yo muy claro si a propósito para incomodar al espectador, o para alargar un texto que se queda en la hora y cuarto escasa. La acción tarda en desencadenarse, pero una vez que lo hace desborda el conflicto de forma impactante y muy dura, estallándole al espectador en sus propias narices. Cuando empezamos  a pensar que en esta obra no pasa nada, Mamet nos da un sonoro y sorpresivo bofetón para atraparnos de forma irremisible hasta que acaba la función.
La disección de la psicología humana que lleva a cabo Mamet es espeluznante, y para plasmar sus miserias mas íntimas, tira de ironía de forma admirable, siendo especialmente crítico con la supuesta "superioridad moral" de cierta intelectualidad, el feminismo mal entendido, y el uso literal y torticero de nuestras leyes. Mamet se apropia del ABC de cualquier texto que se precie (objetivo, conflicto y urgencia)  impecablemente, siendo el resultado de la obra afortunadísimo a nivel literario, y muy impactante a nivel dramático.
En Oleanna, Caperucita se come al Lobo Feroz, pero ni Caperucita es tan buena, ni el Lobo tan malo, ahí estriba el hecho de que se nos rompan los esquemas de forma tan dura y contundente.



Vayamos con el elenco.
La obra se sustenta en dos actores, en este caso Fernando Guillén Cuervo y Natalia Sánchez, como John y Carol respectivamente, siendo el resultado un duelo interpretativo de altura. Ambos intérpretes se encuentran en un código naturalista y con grandes dosis de verdad en sus respectivas interpretaciones. Del trabajo de Guillén Cuervo varias cosas son a tener en cuenta, la primera y mas notable el prodigioso recorrido de su personaje, cuya evolución resulta brillantísima y mas que justificada desde todos los recursos que nuestro actor ofrece y utiliza con gran acierto. La segunda el magnífico tono corporal de su trabajo, muy medido y cargado de pequeños detalles que apoyan a la perfección las por otra parte mas que atinadas acciones que sirven de ayuda a nuestros actores en sus respectivas creaciones. Nada sobra y nada falta en el trabajo de Guillén Cuervo, templado y mesurado sin caer en la estridencia, siendo su dibujo de John real como la vida misma, creíble y lo que es mas importante en esta obra, reconocible. Su compañera en escena Natalia Sánchez, lleva a cabo un trabajo enfocado desde la introspección, pulcro y muy bien rematado. El uso de la voz, pretendidamente bajo de tono, para aumentar la sensación de puerilidad de Carol es absolutamente magnífico, así como la convicción en sus momentos mas duros que realmente cumplen su cometido a la perfección. Sánchez muestra una sorprendente solidez interpretativa y se la ve muy disciplinada, algo que yo valoro mucho en un artista, y que sin duda, tiene mucho que ver en el brillante resultado de la composición de Sánchez. El grado de trabajo de un artista se mide en los detalles que engrandecen a un personaje, y el cuaderno lleno de apuntes, escritos a mano apostaría que por la propia Sánchez, dictaminan la línea de trabajo de la producción.
Nos encontramos ante dos actores que se entienden a la perfección en escena, y que aportan lo mejor de cada uno en beneficio de su compañero, en un acto de generosidad escénica muy de agradecer, y que acaba revertiendo de forma muy gratificante en el espectáculo. 
Tanto Guillén Cuervo como Natalia Sánchez se entregan a fondo en la composición de sus personajes y en que entendamos su complicada psicología desde un ejercicio de interpretación valiente, arriesgado y desnudo de artificios, lo que viene a ser resumiendo en pocas palabras, teatro en estado puro.



Vayamos ahora con la dirección escénica:
Luis Luque firma la producción, y la verdad es que acierta, planteando el texto como un combate de artes marciales en su principio y su final que como alegoría de la pelea dialéctica que se desarrolla en el escenario funciona y no desentona en absoluto con el tono de la función.
Luque dirige a sus actores con libertad, pero sin dar lugar a los excesos, que en el caso de textos de estas características es una tentación en la que se puede caer facilmente. Se llega a los clímax de forma natural, sosegada y justificada, con excepción del duro final de la obra, en el que hay un punto de anticipación por parte de los actores que no acaba de estar resuelto de forma satisfactoria. La función desprende una pulcritud y un regusto a trabajo bien realizado que remata un montaje acertado y brillante a partes iguales, poniendo especial énfasis en el sentido de lo que se dice, y en la perfecta definición de los dos personajes tan opuestos y tan iguales a la vez. El ritmo se encuentra perfectamente medido, jugando con el espectador de forma muy sutil, ya que al principio el respetable siente cierta desazón ante una situación tensa y de difícil solución, pero que a medida que transcurren las tres largas escenas que componen la obra va tomando pulso de forma irremediable hasta su explosión final. Creo que Luque intenta (y lo consigue) que el espectador se sienta identificado con la impotencia de John ante como se van desarrollando los acontecimientos, y convierte a nuestro antihéroe en pieza clave de reflexión, sin justificar en ningún momento lo que ocurre, algo que sin duda está en la esencia del texto de Mamet, que se ha hartado de decir por activa y por pasiva que el no juzga, sino que simplemente expone, ya que el que juzga es el espectador. Luque juega con esa propuesta, y gana de pleno siendo el resultado una Oleanna de altura y sólida de principio a fin, dando una lección de teatro bien hecho, bien pensado, y lo que es mas importante, trabajado hasta la extenuación.



En resumen, un magnífico inicio de temporada, con una propuesta de impecable factura, que se puede resumir como un ejemplo de teatro en estado puro, impactante, valiente y para rumiarlo después de ver la función. Oleanna no es un título para todo tipo de estómago, y sin duda puede herir alguna sensibilidad, pero también es necesario que se nos cuenten las verdades a cara de perro de vez en cuando, para a posteriori recordar lo que ocurre en Oleanna, y aplicar en nuestra filosofía de vida, tres o cuatro lecciones que Mamet nos da sin ningún miramiento. Oleanna es un clásico contemporáneo, de total vigencia, y que mientras nuestra sociedad mantenga su estructura seguirá contándonos algo interesante. Ojalá llegue el día en el que lo que se plantea en Oleanna no se entienda, sin duda habremos avanzado mucho a todos los niveles.





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